A veces pensamos que la educación se desarrolla solo en la escuela; sin embargo, esta perspectiva es equivocada; toda vez, que ello se da en la sociedad (familia, comunidad,….); donde aprendemos inevitablemente el lenguaje, actitudes, responsabilidades, capacidad de colaboración, iniciativa, creatividad, gustos, emociones, juegos, persistencia, habilidad para resolver problemas, autodisciplina, trabajo en equipo, etc. como producto de la relación entre la genética y medio ambiente o entorno (conocidos como aprendizaje fisiológico o silvestre).
En la escuela aprendemos sobre la base de las intencionalidades: ¿Para qué?, ¿Qué?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Con qué? etc.; a lo cual se denomina aprendizaje pedagógico.
Tanto el aprendizaje fisiológico como el pedagógico se complementan a fin de garantizar una formación integral de las personas. Sin embargo, en la Escuela se da prioridad principalmente al desarrollo de capacidades intelectuales en desmedro de las otras habilidades conocidas como “habilidad blandas” vinculadas a las dimensiones corporales, emocionales, sociales, estéticas, espirituales.
No obstante que, los fines y principios de nuestro sistema educativo aspiran al desarrollo de una formación integral de los niños, niñas y adolescentes; las acciones de la escuela, así como de las propias instancias de gestión educativa descentralizada (Minedu, DRE, UGEL….) son contradictorias. ¿Qué hacer?.
Estas distorsiones educativas, es contribuida también por el sistema o modalidades de ingreso establecidas por las universidades, institutos.
Por lo señalado, en el marco de los 6 compromisos de gestión escolar para el 2016 es propicio reflexionar sobre el rol de las escuelas para reorientarlas a favor de una educación pertinente a las nuevas demandas sociales y del entorno.
Publicado en Diario el Correo.
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